Un Recuerdo

Un Recuerdo.

 


 

Cinco y Media de la mañana, iniciaba el día. Como cualquier otro de ese invierno, había que poner agua a calentar para café, la cazuela honda con aceite suficiente para freír dos papas medianas, en cuadros. El pequeño plato de queso fresco para sacar en delgadas rebanadas, el comal en un quemador y tres huevos en la mesa.

Mientras el agua llegaba al punto de ebullición, lo cual era notorio por el chiflido de la tetera, los tres huevos ganaban temperatura con el calor de la cocina, lo mismo que el comal que estaba muy grueso. Era de aluminio o hierro colado.

  • ¡Buenos Días!

Saludó Don Jesús de muy buen humor. Con una rápida mirada verifico que todo estuviera completo mientras sacaba el frasco del café y el tarro del azúcar. Acto seguido dos tazas grandes con sus cucharas y las tortillas de harina. Un plato pequeño y hondo para los frijoles, los cuales metió al micro y les dio 90 segundos.

 

  • ¡Este comal es muy lento! Habrá que darle tiempo, -dijo, mientras servía en dos platos planos las papas fritas y me indicaba que era mi turno para freír mi huevo.

 

  • “Ese comal lo compre en San José California, junto con otras cosas del mismo material. Era casi una vajilla completa, pero no me gustó, porque tardan mucho en agarrar temperatura y una vez que la agarran, después ¡no la saben soltar!”

 

Nos sentamos a la mesa y completamos los platos con los frijolitos del micro, y las delgadas rebanadas de queso mientras preparábamos el café y las tortillas se terminaban de cocer en el lento comal. Cinco minutos después la tortilla tenía que ser volteada con rapidez. Ahora el comal quemaba.

-“Le digo que ese comal no es bueno. Fue por eso que un día mi viejita chula se quemo su mano con una cazuela de ese mismo juego”

Instintivamente volteo su mirada hacia el piso y dejando de comer volvió a hablar:

  • “Ahí cayo la cazuela y dejo ese círculo negro en la loseta de vinil.”
  • “No la quise cambiar nunca, porque siempre me recuerda a mi vieja y no creo cambiarla mientras me dure la vida. Este es uno de los muchos recuerdos que me dejó.”

 

Un nudo en mi garganta me hizo sorber el café, pero el nudo no era por el bocado que masticaba, sino el sentimiento enorme que provocan las palabras sencillas y sinceras cuando se saben decir. Continuamos con el almuerzo en silencio mientras el radio del vecino tocaba el Himno Nacional Mexicano.

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