Infancia


De pie, en medio del patio de la casa familiar, -el cual me parece ahora demasiado pequeño-  me divierte ver a Jorgito patear el balón con habilidad tan natural envidiable.  Su sonrisa permanente en combinación con sus ojos rasgados deja entrever la sencillez y alma blanca que todo niño posee.

Me resulta inevitable recordar que en este mismo patio, incluso con los mismos obstáculos hace algunos años también yo, corría tras una pelota. La misma portería –el portón de la casa-  las mismas ventanas, y las mismas paredes para rebotar el balón. Incluso están presentes, los mismos padres, solo que ahora ya no molestan los pelotazos. Cuarenta años cambian a cualquiera.

Jorgito me llama tío, se refiere a mí abiertamente, sin vacilaciones ni miedo. Tal como yo hubiera querido hacerlo con mi padre y aunque no le entiendo me hace gracia su eterna risa y sus comentarios descompuestos. Es sin duda un niño muy feliz.

No estoy tratando de decir que mi niñez no haya sido así, por el contrario ha sido la mejor etapa de mi vida, pero tuvo otras razones. Metido en mis reflexiones del momento y como un acto del cielo, tocan la puerta y aparece una de esas razones.

Luis Díaz, mi tío, el que siempre llegaba contento a casa, con una la sonrisa alegre como la de Jorgito. El que bailaba con mi hermana Tere, aquella repetitiva cumbia, llamada “Yolanda” que los vecinos tocaban,  el que se refería a mi Mama como “comadre”. El hermano de mi padre.

Fue un largo reconocimiento de 25 segundos, ahí junto a él estaba la misma bicicleta Búfalo 28 de aquellos dulces años de los 70’s, su cabello igual de abundante pero ahora encanecido completamente, su mirada triste, su hablar pausado como el de Don Atilano, pero en sus facciones se refleja Queta, su madre. Más recuerdos se agolparon en mí y por momentos tuve la idea de volver a ser niño y pedirle que una vez terminado el baile con Tere, me sujetara por las manos y me levantara por el aire. Y es que en esos días infantiles, él representaba todo lo contrario a mi Padre.

Podía presumirle un puñado de  canicas y atrapar su atención o decirle que me subiera a la parrilla de su bicicleta. Mejor aún, pedirle su radio de transistores, aquel que era plateado de marca National para escuchar lo que decía las personas que hablaban dentro del aparato.  Eso era felicidad. El representaba felicidad, en aquel, mi corazón de niño.

Con cosas tan sencillas es posible dejar recuerdos permanentes en los niños. Ellos no tienen pasado y tampoco se preocupan por el futuro, simplemente viven el presente y por eso son más felices que los adultos.

Ese día le dije directamente y a los ojos, el enorme gusto que me había dado verlo y conversar con él. Pero no pude confirmarle lo mucho que representa para mí. Tuve miedo llorar como un niño.

Espero enterarlo por esta nota. Gracias Tío.

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