El Politólogo francés, Maurice Duverger, afirmaba que en los seres humanos persisten durante toda su vida, las huellas de su infancia. Y aunque terminaba la frase dándole una connotación puramente política, solo me referiré a la parte ya citada.
Durante mis primeros años, una historia mágicamente me atrapaba una y otra vez, y era aquella en la que mi madre relataba, mi aparición en su vida. Aunque era producto de la fantasía, me mantenía quieto mientras duraba el relato y unos minutos más en plena “sesión de preguntas”. La historia contemplaba que fui encontrado envuelto en una cobija a media calle cierta mañana, y fue mi llanto el que llamo de manera decidida a mi madre para rescatarme. La descripción de mis ropas y mis rasgos. Así como los detalles del descubrimiento, y mi adopción, activaban mi imaginación y ese mecanismo recurrente en los niños de “los porque”.
A pesar de que la idea central era hacerme ver que era adoptado, nunca cruzo por mi mente la posibilidad de una madre “verdadera”. Las atenciones, los cariños, los cantos y las comidas de mamá Pachita no daban paso a pensamiento tal. Sin embargo con Papá Ramón era diferente. Pocos años después, su estricta manera de referirse a mí dieron paso a pensar que su comportamiento era tal, porque no era mi padre “verdadero” y por lo tanto no me quería. Sobre todo cuando me levantaba muy temprano para ir a trabajar, con ese golpeteo en la cabeza con el dedo índice o el anular como quien cala un melón o una sandía para saber si se encuentra maduro. Y la bendita frase: “¡Ya es hora!”
Nuestra casa en era algo parecido a un tren, con ventanas por un solo lado, un cuarto detrás de otro. En el lugar de la locomotora, la recamara de Papá y Mamá enseguida la sala, la cocina, la recamara de mis hermanas, mi pequeño cuarto y el baño. Todo conectado por un pasillo que entonces me parecía muy largo. No sé si las cosas se encojen o uno crece demasiado, pero así era.
Ese pequeño cuarto de dos metros por uno y medio donde dormía, me venía muy bien, estaba exactamente bajo la sombra de los árboles del patio y era, junto con el baño la parte más fresca de la casa. Varias veces me toco despertarme unos minutos antes de que ya “Fuera hora” y mirar a mi papá salir del cuarto y caminar despacio hacia el mío para “calar la sandía” Recuerdo especial tiene una madrugada en la que lo miré venir hacia mí, para mi alivio paso directo al baño. Cuando salió se paró al pie de mi cama y yo me quede mudo. En la obscuridad no lo veía en su totalidad y supongo que él tampoco a mí. Repentinamente se quitó el pesado abrigo que llevaba sobre-puesto – ese que les daban a todos los trabajadores de limpia- , me cubrió con él y regreso a su cama.
Esa madrugada mi teoría de que NO era mi padre y de que NO me quería cambio. Ya no me pude dormir, mi alegría era demasiada, cuando realmente me llamo para levantarme, lo hice de buena gana y durante el día de trabajo le busqué la cara con una sonrisa. Y aunque nunca obtuve la tan querida respuesta, no había duda alguna él era mi papá y me quería tanto o más que a las gemelas.
Ahora lo entiendo perfectamente, en su comportamiento de hace algunas décadas y la nula expresión de sus sentimientos, primero porque ya soy padre. Pero sobretodo porque me cuesta mucho hoy en día expresarle mi admiración y cariño.
Aun con todo eso, agradezco mucho su consejo y enseñanzas. Y más aún las gratas horas que pasamos juntos platicando cuando nos vemos. Gracias Papá.