Salamanca


Viajando por el Estado de Guanajuato, pude percatarme de lo rápido del traslado, de Irapuato a Salamanca. Las precarias vialidades de las ciudades contrastan con lo amplio de las autopistas. Los autobuses son altamente cómodos y muy eficientes.

Esa mañana llegué a Salamanca con mucho tiempo de antelación para mi viaje a la Cd. De México. Tuve tiempo de observar los movimientos de la gente. Los taxistas afuera de esta moderna Central, que en mi opinión está sobrada para la casi nula cantidad de viajeros que hacen uso de ella. El transporte público local que fue considerado con una vialidad frente a la central para dar opción a los viajeros. La diferencia de precios de las compañías hacia los diferentes destinos. Los trabajadores de limpieza que parecen muy acostumbrados a la rutina. Vendedores en los andenes, siempre con las mejores ofertas. Otros vendedores establecidos que regatean los precios con los viajeros.

Cuando por fin apareció en la pantalla mi viaje y la invitación para pasar a la exclusiva sala de Primera Plus, me moví sin mucho ánimo. Fue entonces cuando fije mi atención en dos indígenas mexicanos, uno como de 30-35 y el otro como de 16, parecían padre e hijo. Conversaban bajito y observaban a su alrededor. Se maravillaban de todo cuando veían y esbozaban una sonrisa más de nervios que  por diversión. Calzaban huaraches de suela y correas toscos y parecía no afectarles lo fresco de esa mañana.

Entré a la sala de espera la cual contrastaba mucho con el anterior espacio donde me encontraba. Con vista hacia los andenes, para identificar el autobús del viaje. Sillas metálicas espaciosas como las de los aeropuertos. Música suave, aire acondicionado y pantallas de televisión planas. Una extraña mesa que contenía enchufes y cargadores para celular y computadoras portátiles. Todos los servicios provistos para los viajeros de esta compañía del bajío Mexicano. Perfectamente me di cuenta que la gran mayoría de los presentes adoraban al “Dios Pantalla”. No hay conversaciones, solo risillas y movimientos de dedos y manos.

Abrumado por esta moderna práctica, salí al andén solo para comprobar que el clima fresco y natural del ambiente, era mucho más cómodo que el aire acondicionado de la sala de espera. Inmediatamente identifique a una joven como de 15 con otra de escasos 13 y un niño de 8 indígenas también, que sentados en el suelo y recargados en una serie de bultos, que evidentemente era su equipaje, platicaban divertidos en voz baja. Los zapatos de las niñas eran de plástico y huaraches igual de toscos para el niño. Me recargue sobre el bote de basura exactamente detrás de ellos. Hablaban en su dialecto y no entendía absolutamente nada. Se aproximó a ellos un vendedor y les ofreció fruta picada. Los tres observaron la charola de los vasos con fruta como si se tratara de una de las maravillas del mundo antiguo, intercambiaron algunas palabras y sacaron de entre sus ropas cada uno, algunas monedas.

El vendedor contó y tomó para sí, veinte pesos. No sin antes levantar la mirada hacia mí. Era evidente que el trinquete pasó por su mente. Fue difícil que se pusieran de acuerdo para elegir el vaso de fruta. Pero igual lo comieron con una disposición y ganas que contagian. En menos de dos minutos el niño se levantó para depositar en la basura el vaso vacío no sin antes beber “el juguito” fue entonces que le pregunte hacia donde viajaba. Dijo que no sabía cómo se llamaba el lugar, pero que iban a trabajar en recoger fruta. Que solo su papá sabía. Y que él también iba a ayudar!

En su mirada pude ver ese México que yo creía superado, las niñas me miraban desde su lugar, con sus manos maltratadas, con su mirada cansada, con su voz rota.Su ropa sencilla pero limpia y su cabello perfectamente arreglado. Los recientes acontecimientos de explotación y miseria del Valle de San Quintín B.C. me hicieron predecir la suerte de esta familia de mexicanos. Sentí vergüenza de pertenecer al grupo selecto de la sala ya descrita y que permanece indiferente a todos estos aconteceres.

Le desee buen viaje y enseguida regresó al grupo acomodando un costal cebollero, que contenía en realidad, tomates y chiles serranos. Su comida de los días venideros sin lugar a dudas. Minutos después mire al grupo abordar un autobús hacia Cd. Juárez de los llamados Chihuahuenses, no sin antes enfrentarse en discusión con el chofer por la cantidad de bultos que llevaban.

Como me dueles México, los de adelante corren mucho y los de atrás se quedarán!

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