Dentro de un proceso industrial, los materiales necesarios para la elaboración de un producto son claramente conocidos como materia prima. Por analogía podría afirmar que para el Sistema Educativo, los estudiantes son, sin lugar a dudas, la materia prima para la creación de un producto final, llamado capital humano. La calidad de este producto terminado, refleja en gran medida la calidad humana de la sociedad de donde emerge. Ahora bien, por experiencia he sido testigo de la generación de productos de alta calidad, con materias primas deplorables. Esto en la cocina. Muchas veces con los residuos de ciertas verduras y el perfecto manejo de ciertas proteínas se realizan las más suculentas sopas.
Esto no determina que el resultado sea similar en otras áreas, y con esto regreso al Sistema Educativo en donde al educador se le presiona recordándole a cada oportunidad, que se tiene que manejar como un verdadero profesional y utilizar todas las estrategias y conocimientos para hacer de un mal educando, un producto final excelente. Esta orden generalmente por profesores teoricos. Dentro de la cultura norteamericana se ejemplifica con dramas hollywoodenses, como los protagonizados por Michelle Pfeiffer o Morgan Freeman en Dangerous Minds y Lean on me, respectivamente.
Pero vale la pena resaltar, que estas son excepciones a la regla o “garbanzos de a libra”. Ya que está comprobado también, que se puede llevar el caballo al río, pero jamás se le puede obligar a beber agua. Si bien es cierto, que en los dramas citados los alumnos resurgen como el ave fénix, todo esto sucede por su propia determinación y coraje. No tanto por la excelencia o magia de los mentores presentes.
Dicho de otra forma se pueden tener las mejores instalaciones, los profesores más calificados y los mejores materiales didácticos, pero si el educando se niega a recibir la instrucción, en automático la lista inicial termina en la basura.
A todo este gris panorama, tenemos que agregar la nula participación de los actuales padres de familia, los cuales distan en responsabilidad y dedicación hacia sus hijos, en varios años luz, a los de hace tres, cuatro o más décadas. Podemos establecer que el deterioro e irresponsabilidad paternal es inversamente proporcional a la edad de los padres.
Todo esto encaja mecánicamente en un juego de simulación casi perfecto. Todos suponen hacer su mejor esfuerzo, quedando solo, en buenas intenciones. Y de bienintencionados –se dice- están llenos los infiernos. El resultado final no es muy difícil de imaginar, un capital humano de ínfima calidad. Y aunque estos cambios son generacionales, es decir, deben de pasar varios años para vislumbrarse en su totalidad. Hoy en día ya somos testigos de los primeros rasgos de un claro deterioro social. Tenemos niños sin el abanico de valores básicos, que deben ser aprendidos en casa. Ya no piden las cosas por favor, no son agradecidos, piden a gritos, no saben seguir reglas, no muestran respeto por las personas adultas, tienen demasiadas cosas materiales, No carecen de nada !. No tienen necesidad. Y es importante subrayar en este punto, que bajo la necesidad, es como se crean satisfactores y se agudiza la creatividad. Son, en resumen, una generación sin hambre, como bien lo cita en sus libros, la chilena Pilar Sordo.
Desde mi punto de vista el origen va mucho más allá. Y lo encontramos en el capitalismo, en su forma más pura en el consumismo y de manera elegante en la plataforma global. Es decir todo el Sistema Educativo se ha prostituido desde el mismo momento en que su sino, se transformo en negocio. Los alumnos o educandos, ahora son clientes. Y los educadores son viles servidores u obreros. Los primeros exigen, gritan proponen, juzgan y califican, sin menoscabo de autoridad, cuando se supone son los necesitados de educación. Los segundos sirven, acallan, obedecen, asienten, parecen tener de todo, menos el control. Existe en esta relación cliente-servidor la presencia de vicios del consentimiento (el error, la violencia y el dolo)
Por desgracia me encuentro en el ojo del huracán, al que ingrese con conocimiento de causa y del que no encuentro hasta ahora, una salida decorosa.