Double Prize


Eran las 4:30 de la mañana cuando desperté. Despacio, seguro de que me quedaba media hora, me vestí y tome mis pertenencias sobre la mesita. La maleta ya estaba hecha, solo la tome. Baje a la sala y pase al baño. Cuando regrese ya estaba ahí mi Padre. Tomamos plática enseguida, mientras bajaba mi Madre y se hacían las 5 para que llegara el taxi. Era una mañana fría y ya me sentía mal de la garganta, por eso decidí ponerme la chamarra. Entre risas se dieron las 5, pero el taxi no aparecía. Diez minutos después pensamos en tomar otro del sitio, pero la palabra empeñada de mi Madre con el primer taxi, la hizo caminar esa mañana, hacia la casa de donde se supone, saldría.

No tardó en aparecer. Mi madre viajaba en el asiento trasero. Subí la maleta en la cajuela y me gire para despedirme de mi Padre. Con un fuerte abrazo nos despedimos, no sin antes cruzar algunas palabras. Eso fue gratificante. Ya no como el señor que ordena, sino como un amigo. Con confianza. Sin temores. Con gratitud y respeto. Es así como se experimenta la verdadera amistad y el cariño fomentado con los años. Yo subí al taxi y se cerró el portón. Arrancamos.

Ya frente a la puerta número seis del aeropuerto vinieron dos abrazos más, esos fueron distintos. Más suaves, más dulces, más del corazón, más de mamá.

El vuelo se tornó agradable. Los mismos aconteceres de siempre. La documentación, el abordaje, las revisiones, los errores y demás. Después todos los personajes: El que se pierde, el que sabe mucho, el que habla fuerte, el que ronca. La mamá con un bebe llorón. La abuelita que va al baño 425 veces. Las azafatas con sus sonrisas de cartón. Y la llegada.

Los aduanales, la policía federal, los militares. Preguntas, identificaciones, apertura de maletas, exhibición de tus prendas interiores y una larga explicación sobre algún objeto que al “oficial” se le hizo “ex-tra-ña”. 

El vehículo para el regreso a casa, puntual y exacto. Un accidente de terror sobre el boulevard y un almuerzo en la calle en un domingo radiante de luz y muy contrastante con la nubosidad de la capital. Me siento en casa, pero aun no llego  a mi destino.

El vuelo duro 2:45 minutos el cruce de la frontera 2:40. Mediodía perdido en el traslado y aun no terminaba de llegar. Apenas entré a la casa de mi a’pa, deje la maleta y decidí salir a realizar un trabajo pendiente de jardinería. Eso me llevo un par de horas.

Ya anochecía cuando regrese a casa para preparar la ropa, mi laptop y mi lonchera para el día siguiente. Al abrí la puerta, escuche claramente su voz que platicaba al teléfono. No paso mucho tiempo para que preguntara a su interlocutor, por mí, afirmando tener conocimiento que ya debería estar en casa. Obligado por el comentario, me acerque a su cuarto y me hice notar, enseguida colgó y saliendo de ahí abrió los brazos como un niño, mientras yo lo felicitaba con algunas palabras y el abrazo por su cumpleaños 87. Nuevamente esa gratificante satisfacción que genera un abrazo fuerte, cálido, profundo y sincero, volvió a presentarse.

Es un doble premio para un solo día. Fueron demasiadas emociones para una sola jornada. Había escuchado hablar de la abrazo terapia, pero no la había experimentado de manera tan vívida. Esta teoría aconsejaba recibir y dar al menos 10 abrazos al día y así experimentar esa sensación de confort y felicidad que el abrazo provee. Actividad que repercute en tu estado de ánimo y disposición para desarrollar otras actividades. Vale la pena experimentarlo.

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