En el libro “La agresividad, comprenderla y evitarla” de Christian Zaczyk, abundan los chistes sobre las suegras y sostiene que esta práctica es una manifestación de agresividad hacia ellas, que termina casi siempre en un conflicto, aceptado como algo inevitable. La verdad es que comulgar con las opiniones de una madre política no siempre será fácil.
Contrario a esta tesis debo de admitir que en mi experiencia personal, me he llevado mejor con mis suegras que con mis parejas sentimentales. Traigo esto a colación ya que recién me entero del fallecimiento de una de ellas, y me resultó imposible volcar mis pensamientos a los gratos recuerdos que guardo de ella.
Doña Francisca, “Pancha” de cariño.
Debo solicitar la omisión de ese pensamiento ligero, que pudiera llevar a suponer en la adulación hacia la persona, una vez que ha fallecido. Estas líneas son una necesidad de externar gratitud y reconocimiento a esa persona. Por error, de manera indirecta y tardía.
Era de admirarse su capacidad de convocatoria, para reunir a la familia. Su casa era siempre punto de reunión para otras personas, incluso familias enteras. Y no es porque tuviera la casa más grande y mejor acondicionada de la ciudad. Tal vez el concepto equivocado que manejamos de un buen hogar, es el de un espacio enorme, confortable, exageradamente ordenado y pulcro. Cuando la realidad es que un hogar es donde abundan las risas y la buena platica. Los olores de su cocina y las fotos familiares de su sala, que evocan gratos recuerdos de sus miembros que ahí crecieron. Estas fotos no están retocadas, ni premeditadamente seleccionadas, son imágenes que muestran a las personas tal y como son, con sus rasgos físicos al natural. Son aquellas que fueron captadas en series de 12, 24 o 36 exposiciones y que eran suficientes, para mantener el registro de la evolución de sus protagonistas.
Creo sin lugar a dudas que era su don de gente, y de buena cocinera. Su plática sencilla. Su sonrisa abierta. Su enorme gusto por las plantas, árboles y arbustos. De los cuales hablaba de una manera sabia, producto de la educación heredada de sus padres. – Don Antonio y Doña Valentina – ya que como hija de campesinos, fueron su mejor escuela: sus papas, sus abuelitos el sol, el agua y la tierra.
Disfrutaba platicar con ella, porque la transparencia de su alma le permitía compartir sus pensamientos, sus temores, incluso sus preocupaciones y dolores que también tenía. Su manifiesto orgullo por sus hijas, no así con sus hijos varones. Sus ideas que siempre compartía e incluso pedía opinión, para tratar de sortear los inevitables errores. Su cocina siempre abierta para quien tuviera hambre o simple antojo.
Mantengo vivo en mi memoria el día en que sin proponérmelo, logre reunir a mi hijo con sus dos abuelas, con las dos Franciscas. Para lograr que captara la diferencia entre ellas. “Una es de Mama y la otra es de Papa. Una es pequeña y la otra grande” -le dije- “Una viene de Juchipila, Zacatecas y la otra de Abasolo, Guanajuato” Ambas son tus abuelas. Fue una tarde redonda en la comida china.
Estoy seguro que todos quienes le conocimos la recordaremos siempre mientras continúe abierta nuestra memoria. Gracias por todo, Doña Francisca Salazar Lara, “Pancha” de cariño.