317 Meses


En aquel febrero del 90 experimente uno de los momentos más difíciles de mi corta vida de 20 años. No pretendo ser trágico pero así lo sentí y así lo viví. Justo después de algunos meses de felicidad, esta se esfumo. Se perdió todo en una sola noche. El alcohol me ayudo. Mi eterno aliado para bien y para mal.

El vacío en mí, se agrando cuando me miré en la frontera. Estando apenas en Guadalajara le escribí mi primera carta, porque aún la sentía cerca, pero ya en Tijuana mi esperanza se reía de mí. El más grande temor me envolvió y apareció un pensamiento fugaz pero real: No la volveré a mirar nunca más. Mis pensamientos tomaron mas certeza conforme pasaron primero los meses y después los años.

Aferrado a su recuerdo conservo todas sus cartas y la única foto que me dedicó. Solo años después me di cuenta de todo lo que no hice, de lo que no dije, pero sobretodo lo que permití que en ciertos momentos, dejara de importarme. Traje conmigo también, sus ojos molestos, sus palabras duras, su despedida por carta, su boda, su negativa a entrevistarse conmigo cuando paso por Mexicali. Me acompaño por años la incertidumbre de su felicidad, los aconteceres de su vida cotidiana, sus temores, sus sueños y la salud de su recuerdo hacia mí.

Fue la incertidumbre total. Una duda por años. Un pensamiento que te hace perder el sueño y la calma por las noches.

El tiempo que todo lo cura y la magia de las redes sociales, permitió que pasado un cuarto de siglo volviéramos a cruzar palabra y nos actualizáramos el uno del otro. Entender palabras, hechos y actos de personas que estuvieron entre nosotros y poder distinguir a quienes sumaron y los que restaron para que no termináramos juntos.

Pero solo 317 meses después, volvimos a vernos a los ojos y nos hablamos con abierta sinceridad y gozo. Fue muy gratificante tenerla conmigo en calurosos días de Julio, poder serle útil, intercambiar recuerdos, contarnos verdades y volver a leer las cartas de ella, que atesoro en una cajita metálica y que compartí con gran alegría. Fueron momentos realmente buenos. Aunque falto tiempo.

Pude gozarme de su sinceridad y belleza. De su inteligencia natural que siempre admire. Su ser introvertido, su plática fluida, su pensamiento lucido, su cortesía y su generosidad. Características que desde 1989 mire en ella y que traduje con una frase simple: “Es tan especial que no parece una muchacha de rancho”. –me dije entonces-

Su risa contagiosa permitió que me olvidara hasta del terrible verano. Su visita permitió que  cerráramos ciclos y quedáramos en paz. (Al menos yo, así lo siento)

Agradezco públicamente sus continuos buenos días y buenas noches, sus palabras de aliento, sus consejos y hasta sus bromas. Lamento mucho no darme el tiempo para contestar esas atenciones con la frecuencia que quisiera. De cualquier forma todo esto suma en la lista de cosas que ayudan en gran medida a que pueda sentirme feliz aquí en mi inherente soledad.

Me resulta imposible no relacionar ésta historia con el gran Gabriel García Márquez y su obra “El amor en los tiempos del cólera”

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