CDMX

Hace algunos meses se dio una noticia en medios Nacionales: El Distrito Federal, cambiaria de nombre, pasaría a ser Ciudad de México. ¡Qué manera más ociosa de perder el tiempo! Como si cambiando el nombre, los problemas inherentes de dicha ciudad se resolvieran de raíz. Sabemos que esta práctica es común dentro de la política mexicana. Recordemos las mil renovaciones del PRI, con nuevos slogans, logos y dirigentes. Y el organismo va de mal en peor.
Las “instituciones” del gobierno federal, -si es que cabe llamarlas así- cambian de forma, pero no el fondo. Persisten las malas prácticas aun cuando se estrenen nombres y departamentos. Para muestra: el desprestigiado IFE, que ahora es INE. No mejora en nada, pero ellos sienten como si hubieran revolucionado a la par de la Cuba de Fidel. El águila “mocha” de Vicente Fox, que levanto revuelo, críticas y gritos. Pero no hizo mejor al gobierno federal ni fue consecuencia de un mejor país. Los colores en los taxis, que no mejoran el servicio, pero generan grandes ganancias para ciertas eminencias del comercio y avispados emprendedores.
Las patrullas de varias ciudades cambian de color según el partido en el poder, sin garantizar la paz y seguridad de sus ciudadanos. Algunas empresas y para estatales que, con un cambio de imagen, creen mejorar de manera sustancial sus productos y servicios. Sin lograrlo, por supuesto. Claros ejemplos de falacia y vanidad.
De regreso al tema de la CDMX, y después de la trascendencia histórica del cambio de nombre, vino como noticia de ocho columnas el hecho de que se tendría que hacer una asamblea constituyente para redactar la constitución política de la “nueva” ciudad. Por simple razonamiento lógico, sabemos que si ya existen otras constituciones en otras entidades federativas del Estado Mexicano. No representa entonces ningún reto la nueva redacción. Pero nuestros pésimos políticos, “cacarean el huevo” como si se tratara de una tarea de dimensiones titánicas.
El asunto tiene “jiribilla” –palabra que expresa “una mala intención o una doble intención”. En estos días es de dominio público, que el primer estacazo de esta constitución es un ataque a la propiedad privada vía la plusvalía, y prevén que todo bien inmueble que suba de valor, la diferencia o ganancia generada sea para la ciudad, como según dicen se hace en algunos países europeos.
Resulta sorpresivo y no. Sorpresivo sí, porque nuestro desinterés e inocencia en estos temas como ciudadanos, nos toma siempre en la curva. Sorpresivo no, porque sabemos que nuestra clase política es de naturaleza voraz y su satisfacción nunca llega. De manera que tienen que estar permanentemente inventando mecanismos “chingativos” para continuar viviendo del presupuesto.
Muestra viva adicional a lo que escribo son los “paquetes” que la mal llamada Reforma Energética se remataron al mejor postor de las muchas compañías que se dieron cita ante tan inverosímil remate. Generando dinero y empleo para dichas empresas en detrimento de los mexicanos que trabajan en Pemex en las diferentes zonas, en donde tiene presencia dicha paraestatal. (Tabasco, Minatitlán Ver., Cadereyta NL, Salamanca Gto. etc.) Sin mencionar por supuesto la limitación que se hace en áreas de la petroquímica, lo cual se entiende como un desprecio total.
En el mundo empresarial serio y comprometido los cambios positivos en manufactura, producción o imagen, se justifican como un proceso que añade un valor a nuestro producto o servicio y no por simple capricho como lo del águila mocha de Fox –entre otros muchos ejemplos-

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