La Maleta

Como en la mayoría de los seres humanos, durante el periodo de adolescencia, -años clave para definir el carácter de la persona- cometí muchos errores. La etapa convulsiva termino con mi salida del hogar familiar con rumbo desconocido sin un proyecto definido, sin una idea clara, solo la fuerza rebelde que me empujaba a hacer cosas diferentes. Volver a empezar fue difícil. Y creo, desde siempre, me di cuenta que escogí el escenario más difícil: Mexicali, Baja California.
Debo reconocer el apoyo de algunas personas para aliviar mi estancia en esta tierra, estancia que para nada fue fácil. Inmediatamente me di cuenta de una pérdida invaluable: El calor de hogar, que siempre tuve y al que de manera voluntaria renuncie. Porque debo presumir dados los escenarios actuales, que durante mi formación en casa, siempre conté con un padre 100% responsable y una Mama de tiempo completo.
De este difícil nuevo inicio, ya pasó más de un cuarto de siglo. Intento regresar a mi familia y a mis raíces tantas veces como me sea posible. Olvidando o dejando a un lado, el costo, en su momento mi escuela y por supuesto mi inevitable trabajo.
Cada regreso es diferente, no siempre veo a la misma gente no siempre encuentro a todos mis amigos y amistades y cada vez encuentro a menos. La muerte no descansa. Lo que si se repite es un gozo con la cocina de Mama y una atención inmerecida para hacer mi estancia demasiado grata y una vuelta hacia atrás, difícil. Pero hay un elemento que es como una promesa para volver a repetir la experiencia: mi maleta.
Es muy diferente de ida que de regreso. Cuando la hago para salir pongo las cosas más necesarias y sin mucho orden ya de regreso en Baja California huele a mi casa a mis raíces, ¡sabe a Mama!. Generalmente no la vuelvo a tocar, se mantiene en el closet hasta el próximo viaje. A veces se me termina la ropa regular y entonces recurro a la maleta. Es cuando experimento esta nostalgia a la casa familiar, el orden, el olor a jabón, el perfecto planchado y el acomodo impecable. Que a veces me arrepiento y no saco nada, me quedo solo con la experiencia del agradable olor y ese trato tan delicado que mi madre da a la ropa y que actualmente nadie practica ya. La ropa ahora es desechable.
En mi trabajo tenemos bolsas y más bolsas de prendas que los estudiantes “olvidan” pero que jamás, nadie reclama. Y que al final del año escolar se tienen que donar, al revisarlas no hay una prenda que haya merecido el trato que se merece después del buen servicio que dan. Unas descosidas, otras rotas, las más, percudidas y mal lavadas.
Recuerdo también el guardarropa de mi ex mujer, era súper extenso, tal vez como el de cualquier mujer. Pero estoy seguro que no sabía ni lo que tenía. Solo que era, una colección descuidada a más no poder. Tan es así que si se tratara de mascotas, lo interpretaría como maltrato y/o crueldad animal.
Estos dos ejemplos anteriores hacen que mire mi maleta como un tesoro pirata, un cofre de monedas de oro, un puñado de joyas finas. El cual siempre que abro activa mi memoria visual, olfativa y hasta gustativa. Recordándome siempre que el trabajo de mi Mama de tiempo completo sigue vigente. Motivo por el cual debo planear mi próximo regreso, ser agradecido porque aun puedo compartir con ellos y de ser posible reflejar con tiempo de calidad.

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