Generalmente inicio mis labores haciendo un listado mental de las prioridades del día, metido estoy en este ejercicio, cuando se abre la puerta con su característico ruido y aparece ella, ahogando la risa que traía desde el pasillo. Despacito entra. Sin ruidos. Cuando volteo a verla, el choque de miradas es instantáneo. Desinhibida, extrovertida, sonriente, saluda. Trae un par de libros, pretexto idóneo para salirse de la clase y perder algunos minutos visitando la biblioteca. Me mira coqueta, mientras se roba los dulces del contenedor de cristal. Y uso el verbo robar, porque nunca pidió permiso para tomarlos. Me guiña un ojo, la sonrisa persiste. Espera alguna broma de mi parte. Trato de permanecer serio, mirándola fijamente.
De pronto se torna desesperada, se aleja caminando, regresa… me muestra un dulce entre los labios, lo saborea y se carcajea. Se toca el pelo, se acomoda los lentes, y finalmente pregunta:
– ¿Todo bien en mi cuenta?
– ¿No estaban tarde verdad?
Confirmo con un movimiento de cabeza. Se gira rápidamente para dirigirse a buscar otros libros. Repentinamente para, con los dos pies muy juntos y solo gira la cabeza para volverme a mirar. Finjo estar atento a la pantalla de la computadora. Levanto la vista hacia ella se encoje de hombros y vuelve la carcajada. Lleva un suéter mal puesto que le permite mostrar el torso, con la camisa blanca oficial de la escuela.
Agita las manos, juega con su cabello, acaricia algunos libros, hojea otros. No toma ninguno. Cambia a otra hilera de repisas, sabe que la sigo con la vista. Me busca entre los huecos que quedan entre libros. Siguen las risas. Pregunta cualquier cosa, pero no espera por la respuesta. Pregunta por títulos que sabe que no están. Y recomienda otros que son de su agrado. Todo esto sucede mientras se contornea distraídamente.
Flexiona las rodillas, da pisotones y camina sin idea alguna. Se acomoda los pantaloncillos, tirando de ellos hacia arriba. Se estira como si se acabara de despertar. Voltea a verme y vuelve a reírse…
Regreso a mi pensamiento y me pregunto:
-¿En qué momento esta niña aprendió este comportamiento?
-¿Estoy imaginando?
-¿Es un tipo de Seducción? ¿Es coqueteo natural? ¿Perturbación mía?
No han pasado más de cinco años, desde que la dejaban en la puerta de la escuela, muy temprano. Con un gorro de estambre en la cabeza, una falda que se le miraba grande y unos zapatos del tipo ortopédicos. Nos conmovía verla ahí en el frio y le abríamos la puerta para que entrara, aun cuando no pertenecía al programa. Nos agradecía el gesto y se sentaba callada, con la mochila en sus piernas. No volvía a hablar. Por lo mismo era de las primeras en la fila del desayuno.
Recuerdo haberle visto filtrarse como el agua con la muchachada en los pasillos, con esa carcajada tan particular que hasta ahora mantiene. Pero el día menos pensado ya la mire convertida en mujer. Le broto una mira de ensueño, que se clava entre sus compañeros varones y los embruja. Tambien, se le reventaron los labios como las flores cuando dejan de ser simples botones.
Tal vez desapareció de la escuela doce meses pero regresó doce pulgadas más alta.
Los estudiosos de la psicología humana mencionan que una persona desde su infancia, percibe de manera clara, el grado de aceptación que tiene entre los demás. Y pasa con esto, a reforzar en gran medida la confianza en sí mismo, al grado que bien puede, en algún momento de su desarrollo posterior, explotarlo como un arma manipulativa.
¿Es entonces, un intento de manipulación?
Y aunque también se dice que entendemos y sabemos perfectamente cuando hacemos bien y cuando hacemos mal, es en nuestra segunda opción que quitamos de manera conveniente la etiqueta “manipulación” y lo interiorizamos como un don o rasgo personal para abrirnos paso en la vida. Consiguiendo algunos privilegios.
Me asalta una duda más personal y vuelvo a mis pensamientos con algunas preguntas:
¿En qué momento hice yo el registro de toda esta descripción? ¿Es acaso parte del regalo memorístico natural de mi persona o me estoy saliendo del script?
Me asusta el pensar que me pueda estar convirtiendo en un viejo cebollín. De tres a cinco pelos, cabeza blanca y rabo verde.