Me encontraba entre la multitud que a diario y a todas horas, viaja en el metro de la Ciudad de México, cuando apareció una gran burbuja de jabón. Lenta flotaba entre la muchedumbre. ¿Cómo fue que llego ahí?
De la misma manera ella apareció en mis días, repentinamente, como por arte de magia. Después de casi 20 años desconectados, ahora pretendemos volver a vernos. Es una tarde apacible de sábado. Muchas preguntas me asaltan:
-¿Me reconocerá? ¿Cuánto habrá cambiado? ¿Este encuentro traerá problemas?
Debo aceptar que por momentos me siento nervioso. Impaciente. Desconcentrado. La corta caminata para llegar al punto de encuentro, por momentos es eterna. Estas calles las percibo tan diferentes, que me siento inseguro, raro. Es claro que no estoy en mi ambiente, a pesar de ser de aquí. El tráfico en la autopista se torna como un enorme estacionamiento, lo miro desde el puente peatonal, eso aumenta mi tensión. Lo percibo como preludio de una catástrofe. El desorden a mi alrededor me tensa.
A lo lejos miro la secundaria, pero no la reconozco. También esta diferente. Bardas altas y portones, como penitenciaria. No hay nadie sobre esa banqueta. En la acera de enfrente esta ella, ¡Sí! Es ella, con la sonrisa de siempre.
¿Qué se dice en esos momentos? Las palabras no salen.
No se cómo inicie. Los recuerdos se vuelcan hacia mí y no distingo si ésta situación, es premio o castigo.
Me sorprende con su organización mental para proponer que hacer esa tarde. Un plan A y un plan B. Elijo yo y volvemos al tráfico y al caos. Miro con cierta ansiedad a mí alrededor, ¿porque este desorden me parecía tan divertido hace algunos años y hoy me pone tan nervioso? Me dejo llevar, su experiencia en el caos es notoria. De regreso al metro y sus multitudes. El encuentro se hace más cordial al paso de la conversación, actualizamos noticias y vivencias propias y familiares. Finalmente somos del mismo barrio.
La burbuja de jabón se mantiene estática flotando sobre la gente unos momentos, a pesar de la velocidad del tren. Varios la miramos y sonreímos. Desde el punto de vista de la física, ¿Cómo es posible eso? No recuerdo ni el principio ni la explicación pero, sé que existe.
La Cineteca Nacional me parece otro lugar completamente diferente. Y lo es. La remodelación la convirtió en un espacio muy apacible. Me gustó. Me sentí cómodo. La película la decidí en base a los horarios, agradezco me haya dejado esa elección a mí. Sin querer resulto ser muy buena historia. “El perro Molina”, argentina.
Me sorprende con su habilidad, para conversar, para decidir… para actuar. Hace algunos años no la percibía así. Hemos coincidido en el gusto por el cine independiente, documental sin actores de Hollywood ni divas. También en el gusto por el café. La observo en la sobremesa, sigue conservando la piel rosita en su rostro. La cicatriz del labio superior y sus manos grandes, bonitas y bien cuidadas.
La tarde se hizo nada y el regreso ya de noche, placentero. Más amena y mejor plática. No tocamos pendientes del pasado. Tal vez porque no valía la pena o porque no nos atrevimos. Fue un encuentro civilizado. Amigable. Después de todo ella será por siempre, parte de mi historia y yo de la suya. De esa juvenil etapa donde no existe el dolo ni la mala fe, donde se actúa sin maldad, con el corazón y por simple instinto. Sera parte de los recuerdos que nos acompañaran por el resto de nuestras vidas.
El transporte que nos llevaría de regreso se anunció como directo, yo tenía que bajar antes. Tuve que avisar. Esto obligo a una despedida rápida y sin preámbulos. Había sido una tarde-noche maravillosa.
La burbuja bajo despacito entre la gente y a media altura frente a mí, exploto y desapareció, salpicando un poco de su materia en mi cara.
Así mismo la despedida fue repentina, el transporte seguía su ruta y tuve que anticiparme a mi parada. Un beso en la mejilla marco la despedida, dejando la misma sensación que la burbuja.